Artículos Breves – El tiempo todo locura

Fundamentalismo latente de los ideales humanitarios. En plenas guerras de religión en Europa, Pierre de Bèrulle advertía que el giro copernicano en las ciencias era preciso darlo además en las almas, y no decir más ‘Dios con nosotros’ –fundamentalismo, al fin y al cabo– sino ‘nosotros con Dios’, que es una creencia más propia del humanismo. Y dejando claro, entonces, que ese nosotros fundamentalista puede ser cualquier cosa, incluido, pongamos por caso, un ideal como el que rigió los experimentos e investigaciones científicas con cobayas humanas que desde la república de Weimar para acá, y con el dudoso fin de mejorar a la Humanidad, no han dejado de realizarse, ideales humanitarios a los que tan aficionadas son las sociedades que podemos llamar ‘desarrolladas’ en su relación con los países que podemos llamar ‘pueblos sin Historia’, en palabras de Cioran. Los ideales humanitarios tienen más relación con el totalitarismo que con el humanismo, son síntoma de un fundamentalismo latente.

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Clítoris sin fronteras. Las mujeres en África mueren de hambre, de sed, por falta de asistencia médica, por epidemias o como consecuencia de guerras y catástrofes naturales, pero las ONGs y los que dicen luchar “por la dignidad de la mujer africana” están más interesados en su clítoris que por comprender el entorno en que se produce la ablación y por conocer sus verdaderos problemas. La ablación de clítoris es una cuestión grave, como también lo es la circuncisión masculina, especialmente en las condiciones de higiene en que se practica, pero mucho peor es la destrucción de África. Si centramos la atención en mejorar la situación general, sería bastante más asequible combatir cada aspecto particular.

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Envidia y soberbia. En España se dice que el pecado nacional es la envidia, aunque para los extranjeros el pecado de los españoles es la soberbia. Esto podría significar que, de puertas adentro, nos mostramos envidiosos, y en el extranjero, prepotentes y soberbios. O también, y es lo más probable, que el verdadero pecado de los españoles sea una mezcla de las dos, como prueba que sólo en español existe el término envidia sana, para referirse a la soberbia de quien no puede reconocer su envidia. Si la envidia es el pecado nacional, la soberbia es el pecado internacional de los españoles.

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No somos nada. Para las televisiones somos cuota de pantalla, para la radio niveles de audiencia o share, cualquier espectáculo depende de la cantidad de público, para los políticos somos volumen de votantes, para el Estado un número de DNI, Hacienda nos controla a través del NIF y todos tenemos también un número de Seguridad Social; el mercado se nutre de masas de consumidores, las multinacionales hablan de volumen de clientes y todo se reconoce por cifras y siglas; existen en el mundo 824 millones de personas desnutridas, 630 millones de indigentes, 40 millones de infectados por el virus del SIDA, un millón de personas mueren cada año por accidentes de tráfico, mil millones no tienen acceso al agua potable…

Las cifras no duelen y ya sólo nos queda la contabilidad.

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El arte de existir lo menos posible. Hace cincuenta y cinco años, en la Navidad de 1956, dos niñas descubrieron el cadáver de un anciano sobre la nieve, muy cerca de la pequeña ciudad suiza de Herisau: era el escritor Robert Walser, que había salido a pasear por el bosque. Su reclusión voluntaria en el manicomio de Waldau fue tan discreta como su vida, basada en una rígida voluntad de existir lo menos posible. En su novela “Los hermanos Tanner” hay una descripción milimétrica que anticipa su fin. Sebastian, el poeta, es encontrado muerto en la nieve. Las palabras de Simon, que cabe atribuir al propio escritor, semejan una autoelegía: “¡Con qué nobleza ha elegido su tumba! Yace en medio de espléndidos abetos verdes, cubiertos de nieve. No quiere avisar a nadie. La naturaleza se inclina a contemplar a su muerto, las estrellas cantan dulcemente en torno a su cabeza y las aves nocturnas graznan: es la mejor música para alguien que no tiene oído ni sensaciones.”

Con un fatalismo alegre y confiado, la libertad ama y persigue lo que aún no existe.

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Del libro «El tiempo todo locura«, de Rafael Gonzalo, 2007

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