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Los argumentos contra el tabaco son puro humo

Durante el año 2004, la Unión Europea destinó 72 millones de euros en campañas de lucha contra el tabaquismo, un 8% de los aproximadamente 900 millones anuales con los que subvenciona el cultivo de tabaco en Europa. El consumo de esta sustancia produce unos beneficios en Europa de 63.000 millones de euros.
También en España, las arcas del Estado tienen mucho que agradecer al humo de los cigarrillos. Sólo en 2004, Hacienda recaudó 7.145 millones de euros en impuestos indirectos, una cifra que desde entonces ha seguido en aumento. El 72% del precio de una cajetilla son impuestos, según Fumadores para la Tolerancia. Curiosamente, el mismo porcentaje de aditivos contenidos en un cigarrillo: sólo el 28% es tabaco, dicho sea en beneficio de las propiedades de éste último. Los ingresos del Estado procedentes del consumo de tabaco financian el 50% de la Sanidad Pública, dándose entonces la circunstancia, sólo aparentemente paradójica, de que las campañas antitabaco del Ministerio de Sanidad se financien con un pequeño porcentaje del mismo dinero recaudado por el Estado gracias a los impuestos indirectos y el monopolio sobre el tabaco. Al beneficiarse del tabaquismo, la Sanidad Pública se convierte en cómplice de lo que pretende remediar. Los resultados de tanta demagogia no pueden ser más explícitos: el consumo de tabaco entre los jóvenes ha aumentado un 30%. Y eso a pesar de que hoy en día te enciendes un cigarrillo y los que echan humo son los no fumadores.

Porque, aunque los datos oficiales pretenden reflejar que ha descendido el consumo de tabaco, la realidad se nos presenta de manera muy diferente, debido a su fea costumbre de desmentir las estadísticas. Si bien la cifra de fumadores ha descendido, esto no viene causado en modo alguno por las discutibles campañas de sanidad, ya que lo cierto es que esa reducción es achacable, sobre todo, al envejecimiento de la población, y al hecho de que son los mayores de 65 años quienes no fuman por prescripción médica debido a enfermedades, mientras que el tabaquismo no para de aumentar en los tramos de edad comprendidos entre los 18 y 45 años, especialmente entre las mujeres, que ya han conseguido alcanzar a los hombres en adicción y se van acercando en lo referente a enfermedades pulmonares crónicas, gracias a su mayor sensibilidad a la toxicidad de los cigarrillos. De hecho, antes de que las mujeres se pusieran a fumar, el tabaco no pasaba de ser un hábito; sólo ahora es ya una adicción, un vicio.

De este modo, las campañas antitabaco se revelan como una mera cortina de humo. Y es que nadie se dio cuenta nunca de lo mal que olía el tabaco hasta que se prohibió fumar en sitios donde antes había estado siempre permitido. Pero el colmo lo encontramos en el Museo del Fumador, en París. También allí está prohibido fumar…

El tiempo todo locura