Seis precursores, seis

 

 

 

 

Al genio francés, de origen judío y aragonés, Miguel Eyquem López, alias Michel de Montaigne, inventor del ensayo propiamente dicho (género a salto de mata que se parece muy poco, por cierto, a los ladrillos que nos quieren hacer tragar quienes se han apropiado del término), cabe atribuir también la primera propuesta de creación de los anuncios clasificados o anuncios por palabras, que hoy inundan los medios y redes sociales en toda clase de versiones; la primera propuesta que yo sepa, claro: 

“Mi difunto padre, hombre de juicio preclaro, aunque no le hubieran ayudado más que la experiencia y su natural, díjome antaño que habría deseado organizar en las ciudades, un lugar establecido para que aquellos que algo necesitaran pudieran acudir a él y un empleado colocado allí a ese efecto, registrase su asunto, como por ejemplo: Vendo perlas, busco perlas en venta. Uno quiere compañía para ir a París; otro pregunta por un criado de tales características; otro por un amo; otro pide un obrero; quien esto, quien aquello, cada cual de acuerdo con sus necesidades. Y parece que este procedimiento para informarnos unos a otros reportaría no pocas ventajas al trato público; pues en toda ocasión hay naturalezas que se buscan recíprocamente y por no oírse entre ellas, quedan los hombres en extrema necesidad”.

(Ensayos - tomo I, capítulo XXXV, publicado en 1580).

 

 

 

Más enigmático es el apunte de Leonardo da Vinci en su Cuaderno de notas (edición de Booket - Ámbito cultural, pag. 34), donde el artista florentino augura el éxito de las tarjetas de crédito y la especulación monetaria y mercantil características del capitalismo consumista: “El dinero invisible proporcionará el triunfo a quienes lo gasten”.

 

 

 

Invirtiendo la máxima del romano Horacio, en su poesía “El poeta no nace, se hace”, Lewis Carroll aconseja a un joven aprendiz de poeta en unos términos que nos recuerdan muchísimo los métodos de escritura que desembocarían en la explosión del surrealismo: concretamente, el Manifiesto Dadaísta data de 1916, cincuenta años después de la composición del escritor y matemático inglés. Dice así:

“Primero aprende a ser espasmódico…/ Es una norma muy simple./ Porque primero tú escribes una frase/ y luego la rompes en trocitos./ Después mezclas los trozos y los ordenas/ como caigan en suerte./ El orden de las frases/ no establece ninguna diferencia”...

 

“Poeta fit non nascitur”, hacia 1865.

 

 

También Edgar Allan Poe sentía fascinación por las matemáticas y, al igual que el autor de Alicia, pensaba que los mecanismos de la inteligencia son más interesantes y fecundos que sus resultados.

 

 

 

 

Si el poema de ayer de Lewis Carroll se adelantaba en cincuenta años a las técnicas dadaístas, no menos espasmódicas (y grupales) son algunas de las prácticas de los Kama Sutra, el célebre tratado sobre el amor sexual de la literatura sánscrita, compuesto por Maharshi Vatsyayana a guisa de resumen para la nobleza hindú, allá entre los siglos I a V, durante la dinastía Gupta. Toda su primera parte está dedicada al estudio de las 64 artes que componen lo que el autor denomina ‘ciencia del amor’.

Una de ellas, la número 28, dice así: “Un juego que consiste en repetir versos: una vez ha terminado una persona, otra debe empezar inmediatamente recitando otro verso cuya primera palabra será igual a la última del verso anterior; quien deja de proseguir es considerado perdedor y obligado a pagar una prenda o abandonar el juego”.

La número 45 se refiere al “arte de hablar cambiando la forma de las palabras. Esto se hace de diversas maneras. Unos cambian el principio y el fin de las palabras; otros intercalan letras parásitas en cada sílaba, etc.”

La número 49 propone “los ejercicios de ingenio, tales como completar estrofas o versos de los que sólo se conoce una parte; o suplir una o dos o tres líneas, en tanto que las demás han sido tomadas al azar, de forma que se complete un verso entero que tenga sentido; o de componer las palabras de un verso escrito de forma irregular, separando las vocales de las consonantes u omitiéndolas por entero; o de poner en verso o en prosa frases representadas por signos o símbolos. Existe una gran variedad de ejercicios de este género”.

¿No es alucinante? Son todas ellas técnicas muy similares a los cadáveres exquisitos y otros juegos surrealistas, dadaístas y de las demás vanguardias que dinamitaron la práctica del arte en Europa durante la primera mitad del siglo XX. Y considerados estos juegos de palabras como arte erótico ¡Y con casi 2.000 años de adelanto, en la India de la Edad de Oro!

 

 

 

 

Será de nuevo Edgar A. Poe (o Edgar, a poet, como firmó en alguna ocasión) quien en una de sus narraciones dialogadas de argumento apocalíptico, Potencia de la palabra, escrita en 1845, anticipa en más de cien años la formulación del efecto mariposa del que se sirvieron los autores de la teoría del caos para ilustrar la imprevisibilidad de los sistemas complejos, especialmente entre ellos el científico belga de origen ruso y premio Nobel de química Ilya Prigogine. La descripción de Poe se aproxima mucho a ese punto de vista, cambiando el batir de las alas de la mariposa por la agitación de las manos humanas, y teniendo en cuenta que son inteligencias angélicas quienes hablan. Extraigo algunos pasajes: “Agitando nuestras manos, cuando nosotros habitábamos en esa tierra, causábamos una vibración en la atmósfera terrestre. Esta vibración se extendía indefinidamente hasta tanto no se hubiese comunicado a cada molécula de la atmósfera, la cual, a partir de ese momento y para siempre, se ponía en movimiento por la sola acción de la mano. Los matemáticos de nuestro planeta han conocido bien este hecho (...), de modo que se hizo fácil determinar en qué periodo preciso una impulsión de un alcance dado podría dar la vuelta al globo e influenciar, para siempre, a cada átomo de la atmósfera ambiente. Por un cálculo retrógrado, determinaron sin esfuerzo –dado un efecto en unas condiciones conocidas– el valor de la impulsión original. Entonces esos matemáticos, que vieron que los resultados de un impulso dado eran absolutamente sin fin (...) comprendieron a la vez que esta especie de análisis contenía, él también, una potencia de progreso indefinida, que no existían límites a su marcha progresiva y su aplicabilidad, excepto los límites del mismo espíritu que la había empujado o aplicado. Pero, llegados a este punto, nuestros matemáticos se pararon. (...) De lo que ellos sabían, podían inferir que un ser de una inteligencia infinita –un ser al que el absoluto del análisis algebraico le fuera revelado–, no experimentaría ninguna dificultad en seguir todo movimiento imprimido al aire hasta sus repercusiones más lejanas. Es demostrable, en efecto, que cada movimiento de esta naturaleza imprimido al aire debe al fin actuar sobre cada ser individual comprendido en los límites del universo; y el ser dotado de una inteligencia infinita, el ser que hemos imaginado, podría seguir las ondulaciones lejanas del movimiento, seguirlas, más allá y siempre más allá, en sus influencias, sobre todas las partículas de la materia o, en otros términos, en las creaciones nuevas que ellas alumbran (...) Esta potencia del análisis retrógrado, en su plenitud y en su absoluta perfección –esta facultad de relacionar en todas las épocas todos los efectos de todas las causas–, es evidentemente la prerrogativa de la Divinidad sola.”

Sorprendente, ¿verdad? Pues atentos: mañana visitaremos la tumba de Ulalume.

 

 

 

Más sobre Poe:

Durante el invierno de 1847, Edgar Allan Poe compuso su obra maldita por excelencia: Eureka, a prose poem, alucinado por lo que consideraba la piedra angular de la ciencia futura, la clave de los secretos del Universo físico y espiritual. Sin apenas formación científica, Poe imaginó conceptos de la física que resultarían verdaderos. De hecho, la idea central del libro es el Big Bang como origen del Universo, un pensamiento sorprendente para un hombre de la primera mitad del siglo XIX. Poe intuyó con acierto que muchos de los cuerpos catalogados como nebulosas de nuestra galaxia eran en realidad otras galaxias situadas fuera de ella; relacionó tiempo y espacio en un único concepto; reconoció la gravedad como una fuerza capaz de propiciar el colapso de gigantescas cantidades de masa hacia un centro común; describió la existencia de agujeros negros y su acción absorbiendo a otros astros; comprendió que la estructura de la materia se basa en fuerzas de atracción y repulsión, algo sin sentido entonces hasta que el desarrollo de la microbiología verificó que los átomos no son indivisibles, y que la naturaleza y el funcionamiento interno del átomo se debe a las cargas positivas y negativas de las partículas que lo forman, la llave de la física subatómica.

La primera teoría científica que presentaba un modelo del Universo en expansión apareció setenta años más tarde, en 1917. Y no fue hasta 1965, con la detección de una radiación de fondo generalizada en todas las direcciones del espacio (que valió el premio Nobel a sus descubridores), cuando la ciencia reconoció que el Universo se formó a partir de la explosión de un superátomo primigenio donde estaba concentrada toda la masa y la energía hoy existentes.

En su día, Eureka no levantó el menor interés, a pesar de las conferencias que pronunció su autor para promocionar la obra. Hubieron de pasar 118 años de evolución tecnológica hasta las gigantescas antenas parabólicas de los radiotelescopios, para que la idea básica que Poe presentara en su libro dejara de ser una quimera.

 

 

(Atención, es Eureka: “Las consideraciones que en este ensayo hemos seguido paso a paso nos permiten percibir de un modo claro e inmediato que el espacio y la duración son una sola cosa. Para que el universo pudiera durar […], fue necesario que la difusión atómica original se hiciera en una extensión inconcebible, aunque no infinita. Se requería, en una palabra, que las estrellas se condensaran hasta adquirir visibilidad, que tuvieran todo el tiempo necesario para cumplir estos propósitos”).

“No tengo  deseos de vivir desde que escribí Eureka. No podría escribir nada más”. (En carta a su suegra, María Clemm)

 

 

 

 

Norteamericano como Poe, también Jack London murió desquiciado a los 40 años, y en 1907 nos dejó una profecía de un futuro nada amable inspirada por algunas de sus obsesiones características: la anticipada relación de una revolución obrera de dimensiones planetarias que sería aplastada por los poderes oligárquicos, a los que adjudicó un nombre común y definitorio: El Talón de Hierro. Recurriendo a las armas del capitalismo más salvaje, este poder implacable derrotaría a las masas proletarias, a veces fuertes y a veces débiles, pero siempre desunidas y vulnerables. Es una crónica anticipada de unos acontecimientos que se presagiaban en aquellos principios de siglo y que London imaginó con clarividencia. Auguró el crack del 29 y la guerra entre EE.UU. y la Alemania Imperial, que comenzaría curiosamente con el ataque de la flota alemana a Honolulú, el mismo escenario donde años más tarde habría una base militar llamada Pearl Harbour. Como paradigma de hermosa profecía no cumplida, la fingida guerra de London termina enseguida: los trabajadores, mediante la huelga general, fuerzan el fin de las hostilidades. Siete años después de publicarse El Talón de Hierro, Europa iba convertirse en un cementerio y nadie sería capaz de impedirlo.

 

 

Montaigne, Leonardo, Lewis Carroll, Vatsyayana, Poe, London, seis precursores, seis.

 

 

 

El tiempo todo locura

 

 

Postmodernidad, paloma de Kant

 

Una de las principales manifestaciones del pensamiento postmoderno y relativista es el pensamiento débil propugnado por los filósofos de las escuelas de los setenta en adelante. La fórmula es atractiva, pues apela a nuestra tendencia a ponernos de parte del débil frente al fuerte, al que por medio de una metonimia casi automática identificamos con el mal, la prepotencia y la agresión. Pero no hay que confundir la fuerza, que es la capacidad de mover o modificar algo, con el abuso de dicha capacidad, que es una cuestión moral. De hecho el pensamiento más fuerte del que disponemos, en sentido literal, el más operativo, es el pensamiento científico, que es a la vez el menos dogmático.

La ciencia no pretende enunciar nunca verdades absolutas y definitivas, sino sólo conclusiones provisionales. Nos propone modelos parciales continuamente sometidos a revisión, y en ello reside su enorme fuerza transformadora. La ciencia no es dogmática, precisamente porque se basa en el conocimiento objetivo, el que se refiere a los objetos, al contrario que el mero subjetivismo, que sólo defiende la verdad del punto de vista, pues, contra la creencia habitual, ahí es donde reside el fanatismo. Nada que ver tampoco con las teorías sociopolíticas o psicológicas que pretenden explicarlo todo a partir de una serie de principios generales, teorías que los postmodernos han criticado sobradamente con razón. En realidad, eso ha sido el pensamiento postmoderno y relativista.

Pero cayendo después en el error contrario. Si no es posible explicar todo completamente, no es posible explicar nada. Como intentan imponernos formas de pensar rígidas y sistemáticas, no hay que aceptar ninguna disciplina. Así los postmodernos han terminado por convertir en dogma de fe el relativismo. Pretenden liberarse de todas las ataduras, de todas las reglas, pero al contrario que los surrealistas (también ellos discípulos adelantados de Marx, Nietzsche y Freud), no quieren admitir que eso tiene sentido en el inaprensible mundo de los sueños, donde el pensamiento confunde independencia con espontaneidad, y de ahí, veracidad con autenticidad, y para sentirse más libre acaba aleteando en el vacío, como la paloma de Kant.

 
El verbo se hizo carne: el cristianismo fue la primera religión laica

 

Lo más peligroso que tienen los monoteísmos es que creen en dioses excluyentes: si sólo hay un Dios, todos los demás están fuera de la ley, de la verdad y del camino a la salvación. Se trata de una exclusiva del monoteísmo. De ahí que al muy ateo Rousseau le pareciera imposible vivir en paz con un cristiano, con alguien convencido de que su fe es la única verdadera y que las demás creencias están condenadas y sin esperanza. La realidad constatable es que el Antiguo Testamento es una recomendación al genocidio cada diez páginas, y el Corán, se lea como se lea, está lleno de incitaciones al exterminio del infiel y a extender una tierra dominada por los creyentes, pues a pesar de las retóricas pacifistas, los monoteísmos nacen por rivalidad entre sí. El judaísmo se originó en gran medida por oposición a los cultos politeístas de Egipto anteriores al reformador Akenatón; el cristianismo nació como rebelión hacia la religión judía; y el islam lo hizo contra el cristianismo. De hecho, la creencia en un Dios único le convierte a uno en ateo de los demás dioses, que era la acusación contra los cristianos en los siglos II y III en el mundo romano. A diferencia de las mitologías paganas antiguas, el monoteísmo declara al hombre culpable por no ser Dios, por no ser todas las cosas.

 

La religión de los romanos, por ejemplo, era de tipo cívico, un refuerzo espiritual de las instituciones. Los emperadores que perseguían el cristianismo lo hacían escandalizados porque los cristianos, en vez de limitarse a tener un Dios como hacían otros pueblos, negaban los dioses de los demás, y sobre todo los aspectos divinos de las instituciones, y eso era lo intolerable. El gran mérito, por decirlo así, del cristianismo fue separar definitivamente el mundo de lo objetivo y cívico, del mundo espiritual y religioso. El cristianismo fue la primera religión laica: al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Es por eso, como ha señalado con acierto Fernando Savater, que hoy resulte un tanto paradójico en la Unión Europea el empeño de ciertos grupos políticos de mencionar en la Constitución las raíces cristianas de Europa... cuando precisamente una de las principales raíces cristianas de Europa es la desaparición de la religión del espacio político: ése fue el mérito del cristianismo. Jesús, en cierto modo, fue un laico. La Iglesia original no entra en contradicción con la laicidad, sino que la fomenta. Reintroducir la religión como justificación del espacio público sería paganizar el cristianismo, del mismo modo que considerar a la Iglesia un adversario político, como hacen los partidos progresistas, se sitúa en el lado radicalmente contrario del laicismo que dicen defender.

 

Otra de las grandes aportaciones del cristianismo fue presentar un Dios encarnado. El evangelio de San Juan dice que Dios se hizo carne, logos sarx egenito, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, provocando el mayor trastorno en la historia de las religiones. Dios está entre los pucheros, por decirlo con las palabras castizas de Santa Teresa. El cristianismo nació con esa originalidad que duró hasta el siglo IV. A partir de la visión de Constantino, cuando el dedo divino escribió en el cielo aquellas palabras: con esta señal vencerás, se hizo la mayor perversión de la cruz primitiva, que se convirtió en símbolo. Poco después, con el edicto de nuestro segoviano Teodosio en el 381, el cristianismo pasó a ser oficialmente la única religión verdadera y todas las demás fueron declaradas clandestinas. Desde entonces, la Iglesia no volvió a creer más en Cristo vivo, sólo en el muerto.

 
 
 
 
 
¿El burka de occidente?
Se acerca el verano y aumentan las ofertas de clínicas de estética y depilación para lucir el palmito en la playa. España es el país europeo con mayor número de operaciones de este tipo de cirugía, en particular de reducción de nalgas o caderas, liposucciones y aumento de pecho, además de los oportunos retoques en la cara. A estas alturas nos resulta muy natural esa consideración de la belleza como objeto de consumo que nos lleva a ocultar el cuerpo y la propia cara bajo el disfraz de toda clase de procedimientos estéticos y a mutilarlo con operaciones quirúrgicas. Sin embargo nos parece aberrante la ablación de clítoris o el uso de velos y burkas de las mujeres musulmanas, con el argumento de que les impide mostrar su propio rostro y su cuerpo con naturalidad, o porque supone una mutilación de su vida sexual. Nadie llamaría “hacerse un retoque en la vagina” a una ablación de clítoris.
Pero estamos hablando de cosas no tan alejadas como parece: mujeres que se someten “voluntariamente” a mutilaciones para conformarse a lo que la sociedad espera de ellas. No olvidemos que en los países islámicos en los que se lleva a cabo, son las propias madres las que deciden operar a sus hijas, al menos tan libremente como las mujeres europeas que acuden a una clínica para reducir unas caderas que harían furor en cualquier otra época histórica o cualquier otro lugar del mundo. Pues en ambos casos se trata de una actitud de sumisión a la opinión pública en función de unas creencias que no hay la más mínima intención de cuestionar.
Decía Lacan que el fenómeno de la locura es inseparable del problema de su significación social. La alienación colectiva conlleva locuras socialmente inducidas. Por eso el primer caso nos parece una aberración, y el segundo no.
Ojo, no estoy diciendo que sean lo mismo, ni mucho menos. Las pésimas condiciones higiénicas y médicas, en el caso de las mutilaciones africanas, con el dolor, riesgo de infecciones y muertes que conlleva, y el hecho de que se practique a niñas y menores de edad incapaces de decidir por sí mismas, marca una diferencia básica entre las ablaciones y las operaciones estéticas de cualquier país europeo. Lo comparo sólo en el sentido al que me refería más arriba, de inducción social.
Otro aspecto a tener en cuenta desde el punto de vista sociológico es la gran cantidad de mujeres que prefieren cambiar sus amplias caderas naturales, propias de una Marilyn o una Sofía Loren, por unas nalgas de preadolescente, que al parecer consideran más atractivas. Pero este es otro tema, y muy resbaladizo, así que lo dejaremos para mejor ocasión.
 

 

El alma es la principal función del cuerpo

 

En una entrevista publicada en un diario madrileño, declaraba un científico del Hospital Universitario de Alicante que la razón por la que tenía prohibido investigar con células madre tenía su origen en una interpretación del pensamiento de Aristóteles, que cada vez tenían menos en consideración los creyentes. En concreto, tal pensamiento conservador se ha basado en los argumentos del filósofo griego sobre la inserción del alma en el embrión. Sin embargo, es un auténtico sarcasmo que se apele a la opinión de Aristóteles para oponerse a ese tipo de investigación, cuando si éste viviese, y teniendo en cuenta su insobornable voluntad de conocimiento, es muy probable que estuviese investigando, no ya con células madre, sino con células padre, con el hijo y el espíritu santo. 


En realidad, el concepto aristotélico de alma ha dado ya pie a más de un malentendido. A este respecto, explicaba Aristóteles que “el alma es al cuerpo lo que la función es al órgano; lo que la visión al ojo”. Para el filósofo griego “el alma es la primera entelequia del cuerpo físico que en potencia tiene vida”. Por entelequia entendía la realización de toda la perfección que un ser puede alcanzar. O, lo que es lo mismo, el paso de la potencia al acto que realiza un ser, su realidad plena. Pero todos entendemos por entelequia, como dice el diccionario, algo irreal, como la invención, la fantasía, el sueño o la utopía, lo opuesto en fin a la realidad. Paradójicamente, coincidimos con Aristóteles en la consideración del alma como una entelequia, pero en la acepción de mera fantasía, algo que no tiene existencia ni posibilidad de existir. Sin embargo, la idea del filósofo es veraz y asombrosa: el alma es una construcción, la máxima entelequia del cuerpo, su función principal y más perfecta. Encontramos ecos de esta visión profunda del hombre dos mil años después, en el poeta inglés John Keats, para quien el mundo es el valle de la creación del alma.

Tutela y corruptela infantil

 

La legislación incurre en algunas paradojas en cuanto a derechos y deberes de los menores. Tras la aprobación de la ley de prevención del tabaquismo, los menores de edad están más protegidos que nunca del humo de los cigarrillos, mientras que fumar, tomar alcohol y drogarse no está penado. Un menor en España puede tener permiso de armas para la caza, puede casarse y divorciarse, pincharse heroína en el domicilio paterno, firmar un contrato laboral, consentir relaciones sexuales incluso con adultos, tomar la píldora postcoital o abortar, hacer testamento, someterse a una operación de cirugía estética, atiborrarse de contenidos violentos y obscenos en el cine, la prensa o la televisión..., pero tiene prohibido entrar en un bar en el que esté permitido fumar, aunque esté acompañado por su padre. Los resultados de tanta hipocresía saltan a la vista: el tabaquismo entre los jóvenes ha crecido un 30%, a un ritmo similar al de otras adicciones como la cocaína o las drogas de diseño; la tasa de fracaso escolar se sitúa por encima del 60%, consecuencia de un sistema educativo demencial; aumentan los niveles de absentismo, y los estudiantes españoles tocan fondo como los más ineptos de Europa; conscientes de su inmunidad, se disparan los índices de delincuencia juvenil, incluso infantil; hacen estragos las depresiones y los suicidios, el maltrato, la pornografía, la explotación... Todo ello avalado por unas leyes de protección de menores tan ridículas como la legislación en general y el código penal en particular (que no tiene reparo en considerar, por ejemplo, como mera agresión sexual, pero no violación el abuso de niños pequeños “cuando no existe resistencia por parte de la víctima”). Que los chavales no puedan entrar en los bares es una buena excusa para irse de botellón, pero completamente irrelevante ante el panorama general. Si se hiciera algo por mejorar éste último, ya se cuidarían ellos solos de todo lo demás.

 
Los aforismos son los meteoritos de la literatura
 
El aforismo no es propiamente un género o, en todo caso puede serlo por generalizar.
La discusión sobre los géneros es un poco catastral, de registro notarial, y denota un interés más anacrónico que anticuado (en el sentido de no tener en cuenta el tiempo ni, por lo tanto, la novedad, la invención) por el patrimonio, el reparto y la demarcación de espacios.
En la práctica no existen los géneros, pero en teoría sí. Los géneros son las inmobiliarias de la literatura.
Se trata de una convención que atañe a la literatura como cuarto de estar del escritor, pero lo que identifica básicamente a ésta, en tanto que escritura viva, es su existencia como construcción de un espacio nuevo, como espacio de andar, el ser en permanente rebelión con el tener.
Es decir, la literatura no es tanto una forma de comunicación como de revelación, del mismo modo que el lenguaje, más que una herramienta o vehículo del pensamiento, sería el pensamiento mismo.
Porque la gran revolución lingüística del siglo XX es el reconocimiento de que el lenguaje no es únicamente un instrumento para comunicar conceptos acerca del mundo, sino más bien, y en primer lugar, un instrumento para crear el mundo. La realidad no se experimenta o refleja simplemente en el lenguaje, sino por el contrario, es producida por éste.
La literatura es nómada y escribir es viajar a ninguna parte. El desplazamiento que supone la práctica de la escritura es algo así como un viaje al fin del mundo. Por lo menos, del mundo del escritor.
Con lo cual tenemos que el aforismo es género (sólo en teoría y por generalizar) de vanguardia en el fondo y de retaguardia en la forma, al revés que la novela. Si el novelista suma páginas, el aforista las resta, quita lo que sobra. Si el novelista escribe a lo grande, el aforista escribe bajo mínimos. Si para el novelista la mejor defensa es un buen ataque, para el aforista también, pero un ataque de risa.
En definitiva, los libros que he leído son vivencias más que influencias, no digamos experiencias. El escritor de aforismos publica porque no puede pasarse la vida corrigiendo.
O lo que es lo mismo, no hay mejor forma de dar por terminado un artículo que citar a Nietzsche, sobre todo si no viene a cuento: “Temo que no vayamos a liberarnos del concepto de Dios, mientras sigamos creyendo en la gramática”.
 
 
Paradoja de la deuda externa
Con su habitual eficacia, la ONU ha sido incapaz de encontrar los expedientes de 6.400 millones de dólares depositados en bancos iraquíes por EE.UU. a lo largo del 2003 y hasta primeros del 2005, destinados a la reconstrucción del país. Lo cual significa que casi la mitad del dinero que el gobierno de Estados Unidos desembolsó para la reconstrucción de Irak a partir de 1994 se encuentra en paradero desconocido. Si esto ha ocurrido bajo la supervisión de la Autoridad Provisional de la Coalición, no hace falta mucha imaginación para saber dónde ha ido a parar desde los años ochenta buena parte de los 1,53 billones de dólares que los países pobres adeudan hoy a los ricos.
¿Se ha parado alguien a pensar que los bancos de los países desarrollados tienen en su poder depósitos públicos y privados de los países pobres por valor de 620.000 millones de dólares? ¿O, dicho de otra forma, que gobiernos y particulares de los países en desarrollo tienen guardado en los bancos de los países industrializados casi la mitad del importe de su deuda externa? Esta situación sólo aparentemente paradójica se produce porque en lugar de invertir los capitales en el aparato productivo de sus países, los ricos de los países pobres depositan el dinero recibido por préstamos o el acumulado por los salarios bajos, plusvalías o venta de materias primas, en los bancos de los países ricos. De este modo, los países industrializados se aseguran de que el dinero de la ayuda al Tercer Mundo vuelva a ellos.
Cuando los ministros de Finanzas de los ocho países más ricos del mundo expresan su disposición a cancelar la totalidad de la deuda externa de los 18 países más pobres, todos ellos africanos, excepto Bolivia, Honduras y Nicaragua –casi 37.000 millones de euros–, todos nos ponemos muy contentos por un gesto que puede contribuir a la paz y la armonía entre los pueblos y a erradicar la pobreza. Pero olvidamos que, con esa acción simplemente bienintencionada, estamos contribuyendo también a fomentar la mala gestión política y el desvío de fondos públicos a manos particulares.
El mayor problema de África, Asia y América del Sur no son las catástrofes naturales, ni las enfermedades, ni los conflictos armados, sino la corrupción, que involucra a todos los demás problemas. De poco sirve cancelar la deuda externa en países que no realizan ningún esfuerzo por combatir la corrupción política y económica, ni se sienten obligados a invertir ese dinero en el fomento de servicios sanitarios, educativos e infraestructura, mejorar la trasparencia fiscal o asegurar una estabilidad económica dentro de sus fronteras, ni por ayudar lo más mínimo a su gente. O si por el otro lado, tampoco se realiza el esfuerzo de estudiar caso por caso cada situación, ni de garantizar procesos claros y transparentes, adoptar medidas de protección si fueran necesarias o ciertas tarifas, como condición previa para poder obtener préstamos del Banco Mundial o del Fondo Monetario Internacional, ni se atienden las alternativas a la globalización neoliberal que puedan originarse en el seno de los propios países pobres.
Porque, en primer lugar, podemos preguntarnos qué derecho tienen los países subdesarrollados sobre nuestro dinero, si tenemos en cuenta que el endeudamiento es consecuencia directa de la mala gestión política de sus gobernantes y, sobre todo, hasta qué punto con la ayuda al Tercer Mundo y con la cancelación de la deuda son los pobres de los países ricos quienes subvencionan a los ricos de los países pobres.
El objetivo de la cooperación internacional no es acabar con la pobreza a medio o largo plazo, sino crear una estructura mundial que permita a los países ricos mantener su hegemonía, porque ni los grandes productores económicos pueden desequilibrar el mercado sin propiciar elementos graves para su propia crisis económica, ni los países del Tercer Mundo están en condiciones de satisfacer las deudas contraídas en ese mercado.
También debemos preguntarnos si África pasa hambre porque dejó de cultivar lo que necesitaba para comer y se introdujo la lógica mercantil en el tejido social de la población, con lo cual pasó a dedicar todos sus recursos al desarrollo de los cultivos comerciales que interesaban a Europa y EE.UU. A cambio en estos países se siguen organizando conciertos solidarios y galas benéficas que sólo contribuyen a agravar el problema de la falsa ayuda, compensar con sobras y excedentes de producción y limpiar la conciencia de la gente. En este caso, la solidaridad sólo supondría una forma de narcisismo colectivo, del tipo “ponga un pobre en su mesa”, o también “si ayudo a los que pasan hambre, señal de que soy una buena persona”.
Si uno de los peores males de los países en vías de desarrollo es la corrupción de sus gobernantes, resulta terrible que el modelo alternativo primero y más cercano al que puedan acogerse sea la propia cooperación internacional corrupta, tanto oficial como no gubernamental, con su burocracia hipócrita, indiferente o mezquina, que funciona como generadora de más años de subdesarrollo a través de la herramienta supuestamente creada para salir de la miseria.
Perdonar la deuda externa a los países pobres entra así dentro de lo que podríamos llamar explotación política de la caridad. Del mismo modo que cuando alguien da limosna lo que hace no es repartir la riqueza, sino administrar la pobreza, los gobiernos y multinacionales de los países ricos no pretenden acabar con la miseria, sólo rentabilizarla. Una vez perdonada esa deuda, el abismo entre ricos y pobres seguirá aumentando. Y no porque la caridad en sí tenga nada de malo, lo malo es creer que así se puede acabar con la pobreza.
 
 
Los argumentos contra el tabaco son puro humo
Durante el año 2004, la Unión Europea destinó 72 millones de euros en campañas de lucha contra el tabaquismo, un 8% de los aproximadamente 900 millones anuales con los que subvenciona el cultivo de tabaco en Europa. El consumo de esta sustancia produce unos beneficios en Europa de 63.000 millones de euros.
También en España, las arcas del Estado tienen mucho que agradecer al humo de los cigarrillos. Sólo en 2004, Hacienda recaudó 7.145 millones de euros en impuestos indirectos, una cifra que desde entonces ha seguido en aumento. El 72% del precio de una cajetilla son impuestos, según Fumadores para la Tolerancia. Curiosamente, el mismo porcentaje de aditivos contenidos en un cigarrillo: sólo el 28% es tabaco, dicho sea en beneficio de las propiedades de éste último. Los ingresos del Estado procedentes del consumo de tabaco financian el 50% de la Sanidad Pública, dándose entonces la circunstancia, sólo aparentemente paradójica, de que las campañas antitabaco del Ministerio de Sanidad se financien con un pequeño porcentaje del mismo dinero recaudado por el Estado gracias a los impuestos indirectos y el monopolio sobre el tabaco. Al beneficiarse del tabaquismo, la Sanidad Pública se convierte en cómplice de lo que pretende remediar. Los resultados de tanta demagogia no pueden ser más explícitos: el consumo de tabaco entre los jóvenes ha aumentado un 30%. Y eso a pesar de que hoy en día te enciendes un cigarrillo y los que echan humo son los no fumadores.
Porque, aunque los datos oficiales pretenden reflejar que ha descendido el consumo de tabaco, la realidad se nos presenta de manera muy diferente, debido a su fea costumbre de desmentir las estadísticas. Si bien la cifra de fumadores ha descendido, esto no viene causado en modo alguno por las estúpidas campañas de sanidad, ya que lo cierto es que esa reducción es achacable, sobre todo, al envejecimiento de la población, y al hecho de que son los mayores de 65 años quienes no fuman por prescripción médica debido a enfermedades, mientras que el tabaquismo no para de aumentar en los tramos de edad comprendidos entre los 18 y 45 años, especialmente entre las mujeres, que ya han conseguido alcanzar a los hombres en adicción y se van acercando en lo referente a enfermedades pulmonares crónicas, gracias a su mayor sensibilidad a la toxicidad de los cigarrillos. De hecho, antes de que las mujeres se pusieran a fumar, el tabaco no pasaba de ser un hábito; sólo ahora es ya una adicción, un vicio.
De este modo, las campañas antitabaco se revelan como una mera cortina de humo. Y es que nadie se dio cuenta nunca de lo mal que olía el tabaco hasta que se prohibió fumar en sitios donde antes había estado siempre permitido. Pero el colmo lo encontramos en el Museo del Fumador, en París. También allí está prohibido fumar...

 

 

Rescatar del olvido el arte de la memoria

 

En la cultura clásica, la memoria era la madre de las musas, la máquina del tiempo de los dioses. Una diosa ella misma. 


El filósofo Bergson pensaba que la memoria es justamente la intersección de mente y materia, de modo que los aparentes fallos de memoria no serían en realidad fallos de su parte mental, sino del mecanismo motor que pone la memoria en acción. 


Funes el memorioso, el inolvidable personaje de Borges que discurrió un vocabulario infinito para la serie natural de los números –sin llegar a escribirlo, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele–, no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada bosque, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Proyectó un catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo, que definiría luego por cifras. Porque para Ireneo Funes, la memoria era la madre de las ciencias exactas, no de las artes, y su vocación era la certidumbre. O por decirlo con un rodeo, para Funes el arte de la memoria consistía en recordar que la memoria era una ciencia. Pero no debemos olvidar que Borges definió su fábula como una larga metáfora del insomnio. 


Milan Kundera advirtió una conexión secreta entre la velocidad y el olvido, entre la lentitud y la memoria: “El grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria; el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido”... 


Del genial autor de Gulliver, Jonathan Swift, se cuenta que un día, cuando empezó a perder memoria, como quien se afirma y se ancla en su íntima esencia invulnerable, se le oía repetir: “Soy el que soy, soy el que soy…” ¿Tal vez porque intuía que sin memoria se moría, que la vida no vivida puede matar? 


Pero si la memoria fuera infinita, ¿no recordaríamos cada una de las circunstancias de cada día de nuestra vida, que son innumerables? 


Para el escritor argentino Antonio Porchia, vivimos con la esperanza de llegar a ser un recuerdo.

 
La manzana de Newton sobre tejados de vidrio: paralelismo entre ciencia y arte
 
La investigación científica, como la práctica del arte, es un acto creativo, y no sólo consiste en atrapar una serie de hechos y extraer conclusiones. La ciencia empieza por hacerse una cierta idea del mundo, una hipótesis coherente y probable, y si la realidad corresponde con esa idea, establece una teoría. Un pintor o un escritor también imagina a través de su obra una perspectiva del mundo, pero la ciencia difiere del arte porque éste no necesita confrontar la imaginación con la realidad. Un cuadro de Friedrich o de Matisse no se corresponden con la realidad, sino que describen mundos irreales, pero hay en ellos tanta veracidad como en el teorema de Pitágoras –Nietzsche escribió que el arte es más verdadero que la realidad.
Otra diferencia es que la ciencia siempre aparece vinculada a una idea de progreso, desde Arquímedes hasta Heisenberg, y el arte no. Las tragedias griegas nos resultan tan cercanas como los dramas de Calderón o de Beckett. En cierto modo, Sófocles, Miró, Vivaldi o Víctor Hugo son nuestros contemporáneos. Precisamente, Víctor Hugo dijo de Pascal que estaba superado como científico, pero no como escritor. Sus pensamientos nos siguen sorprendiendo. Lo que evoluciona es la técnica del arte, pero no el arte en sí. Sin embargo, difícilmente podríamos aceptar que un científico moderno tratara de explicar el mundo físico a partir de la teoría de los cuatro elementos, porque a lo largo del tiempo el universo y los fenómenos que lo conforman cambian, y nuestras categorías intelectuales para comprenderlo, también. (Tristán e Isolda, en su delirio wagneriano, llegan a decir, cantando al unísono: “Yo soy el mundo”).
También se dice que si no hubieran existido Tolstoi o Cervantes tampoco existirían Ana Karenina o Don Quijote, mientras que si Darwin no hubiera descubierto la teoría de la evolución, lo habría hecho otra persona. Pero este argumento no es del todo verdadero, y aquí es donde ciencia y arte coinciden más de lo que se cree, porque hay un cierto estilo común que corresponde a determinadas épocas y lugares. Si vemos los retratos de pintores italianos del siglo XVI encontraremos que tanto los rostros como los pliegues de los ropajes o el tratamiento de la perspectiva son muy parecidos. No todo es personal o subjetivo en la obra de arte, ni todo es objetivo en las investigaciones científicas. Newton fue quien descubrió la ley de la gravedad, y lo hizo él porque tenía un cierto estilo propio, un carácter singular. Si otro científico la hubiera desarrollado de hecho no sería igual, la habría establecido de otro modo.
Según la mecánica cuántica, los fenómenos físicos pueden modificarse desde el momento en que los convertimos en objeto de estudio. Percibir transforma. Cuando Dante, en “La Divina Comedia”, se refiere al amor como una potencia que hace girar los astros, Borges pensaba que estábamos ante algo más que una licencia poética, porque la voluntad humana participa, en alguna medida, de los fenómenos naturales. Nietzsche propuso “considerar la ciencia desde la óptica del arte, y el arte desde la óptica de la vida”. La teoría del caos se aproxima mucho a este punto de vista: la ciencia tocada con las alas de la poesía, la incertidumbre y el misterio.
Los cuentos y las fábulas ¿trenzan sus hilos argumentales con materiales equiparables a las teorías científicas? La ciencia, al igual que el arte, no se limita a copiar la naturaleza, sino que la reconstruye como hacen los niños con el mundo que los rodea.

 

Deporte masculino vs deporte femenino

 

 

Dice Serena Williams que se discrimina el deporte femenino porque a las mujeres no se les permite competir en los torneos más prestigiosos y con más dinero en juego, que son los masculinos. El argumento, aparte de falso, es ridículo porque la verdad es que si ellas no pueden competir en los mejores torneos no es por la razón que aduce la más asilvestrada de las Williams, sino simplemente porque no están a la altura de sus envidiados colegas. Si las chicas pueden destacar en la alta competición es gracias al sexismo y no al igualitarismo, es decir, gracias a que existe una modalidad masculina y otra femenina. Las mujeres desaparecerían del deporte de alto nivel en el momento en que unos y otras compitieran juntos y en igualdad de condiciones. No hay más que comparar las marcas.

Por lo demás, sin llegar a plantearse siquiera la postura inversa, es decir, que los hombres pudieran disputar torneos femeninos. Porque se daría entonces la curiosa circunstancia de que el torneo femenino de Wimbledon podría ganarlo Rafa Nadal, pongamos por caso, mientras las machotas tipo Serena o Sharapova tendrían que conformarse con disputar torneos de exhibición o incluso ferias, lo cual repercutiría sensiblemente en sus abultadas cuentas corrientes y en su reconocimiento social y deportivo.

La diferencia entre el deporte masculino y el femenino es abismal, sobre todo en la velocidad, la potencia, la capacidad de concentración y la intensidad del juego. En el tenis, por ejemplo, hay ahora menos diferencia en el saque, porque algunas jugadoras son capaces de sacar a 190 km/h. Pero el juego de las chicas se limita a pegar cuanto más fuerte a la bola, mejor (porque ellas creen que en eso se basa el juego de los chicos), sin hacer jugada, sin apenas otros recursos. Una de las pocas tenistas que hace jugadas y juega con cabeza es Justine Henin, que con menos potencia hace cosas más variadas y por eso gana. O Martina Hingis, que fue la mejor del mundo. (Por cierto, a la belga no la pueden ni ver en los vestuarios: sus compañeras la acusan de ser inteligente). Los chicos, en cambio, tienen más mano, hacen dejadas y globos, juegan de revés cortado, varían de juego en cada punto, ponen en práctica más recursos. Juegan con inteligencia, para variar.

Se trata entonces de una versión pobre del deporte en general y del masculino en particular, una segunda o tercera división y, como los Goya en relación a los Oscar o al cine, también aquí lo oportuno es quejarse del original. En el polo opuesto estarían la gimnasia, el patinaje artístico y otras disciplinas donde la modalidad femenina tiene entidad propia o incluso supera a la masculina. Pero de esto nada sabe Serena.

Por otra parte y siguiendo con el tenis, creo que una buena forma de acabar con la plaga de cañoneros que inunda este antiguamente elegante deporte sería eliminar la posibilidad de un segundo saque, quien falle pierde el punto y ya está. Se evitaría así el aburrimiento y la adulteración de los torneos de élite, sobre todo en pista dura, donde triunfan tenistas que sólo dominan esta técnica gracias a la ventaja de poder repetir el servicio, mientras jugadores mucho más completos, pero con menos saque, no pasan de primera ronda. No entiendo semejante concesión si a nadie se le permite repetir una bolea o un globo cuando no sale a la primera. Pero esto tampoco se le ocurre a Serena.

 

 

La mejor defensa es un buen ataque de risa (2011)

 

 

 

 

La regla de oro

Si Kant convierte un precepto religioso en un deber ético, su célebre imperativo categórico, apenas se limita a traducirlo a escala humana, demasiado humana para un filósofo como Nietzsche, quien directamente lo parte por la mitad, lo dinamita. Que no se hicieron las medias tintas para quien aspira a asaltar los cielos. Voilà:
Confucionismo: “Lo que no desees para ti, no se lo hagas a otros.” 
Cristianismo: “Lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo a ellos.”
Budismo“Lo que no es adecuado para mí o no me es grato tampoco ha de serlo para él; lo que no es adecuado para mí o no me es grato, ¿cómo puedo exigírselo a otro?” 
Hinduismo: “Uno no debe comportarse con otros en una forma que hacia uno mismo es inadecuada: esta es la esencia de la moral.” 
Islamismo: “Ninguno de vosotros es un fiel si no desea a su hermano lo que desea para sí mismo.” 
Kant: “Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne en ley universal.” 
Nietzsche: “Pero la mayoría de las veces esto no es sino mero egoísmo; pues egoísmo es considerar el propio juicio como ley general, egoísmo ciego, mezquino y cobarde, por otra parte, puesto que revela que todavía no te has descubierto a ti mismo ni te has creado para tu uso particular un ideal propio, que a ti sólo pertenezca, pues semejante ideal no podría ser jamás de otro, ni mucho menos de todo el mundo” (La gaya ciencia, aforismo 335).

 en redes sociales :

Versión para imprimir Versión para imprimir | Mapa del sitio
@Rafael Gonzalo Verdugo Aforismos Artículos Microrrelatos Definiciones Ilustraciones Pintura Diseño Gráfico