El fantasma de la democracia. Durante la transición española se fue conformando una sociedad espectral, en el sentido de que se instauraba una democracia representativa, de simulación y no la verdad de la democracia, que en todo caso sería de participación efectiva y con verdadera división de poderes. Se generó un nuevo simulacro, del mismo modo que se había simulado albergar una cierta dignidad durante la dictadura. Era una sociedad que aparentaba encontrarse en una posición para la que nada había hecho. Todo el mundo jugaba a la democracia, había que ser más democrático que los demócratas. Pero los espectros cambian de máscara, lo cual hacía sospechar que el derrumbe iba a instalarse tarde o temprano. La democracia vino formalmente como consecuencia de la caída de la dictadura, como deshecho de lo no hecho, porque la sociedad no había hecho nada por ser democrática, a no ser esperar a que el dictador se muriera de viejo. Después de toda esa alegría esperanzada, que no deja de ser religiosa, vino la depresión real y psíquica, es decir, esa idea de mirarse el ombligo y de que los españoles nos lo merecemos todo, históricamente se acabó. Uno se merece lo que puede hacer, y no se merece lo que puede deshacer y tiene que responder por ello, y en ese periodo de transición, se destrozaron y acabaron en nada toda clase de aspiraciones.

 

 

 

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Salomón y las reinonas del igualitarismo. Cuando se menciona la expresión “decisión salomónica” para referirnos a ese tipo de sentencias que consisten en dar la mitad de un objeto de litigio a cada una de las partes que lo reclaman, quizá deberíamos recordar que el sapientísimo rey de Israel nunca tuvo la ocurrencia de dividir en dos partes al niño del relato bíblico para entregarle la mitad a cada mujer, solamente amenazó con hacerlo para descubrir a la verdadera madre y dárselo a ella enterito. Este error no es casual, enlaza con el bulo de los “derechos de igualdad”, esa demagogia de confundir paridad con justicia, y desde luego se ajusta muy poco al modelo de juicio salomónico que podemos deducir por el ejemplo bíblico, en todo caso bastaría con echarle una ojeada al Eclesiastés para comprobar que la providencial sabiduría de Salomón no iba por ahí. Lo justo en todo caso es dar a cada uno lo suyo, lo que le corresponde o lo que merece, que es la base del derecho romano desde Ulpiano hasta acá, no dar a todos lo mismo por decreto y ya está, que es la base del socialismo liberticida. Pero sin duda para los igualitarios dividir a un niño en dos pedacitos exactos y darle uno a cada supuesta madre es el modelo máximo de decisión ecuánime y lo que habría convertido al rey Salomón en un hombre tan sabio, tan justo, tan estupendo, tan de los nuestros...
 
 
 
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Paradoja de la corrupción policial. Todas las Policías del mundo utilizan la figura del confidente como principal fuente de información, aunque no la revelen, ya sea por la confidencia en sí o por el resultado de la investigación que genera. De este modo, la figura del confidente pone de manifiesto la debilidad de la ley, que implora la ayuda de quien la ofende, resultando la paradoja de que, para salvaguardar la legalidad, sus propios representantes se ven en la obligación de pactar y participar de la delincuencia, fenómeno conocido desde antiguo como corrupción, bien sea que aliviado por la necesidad.
 
 
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¡Eutanasia obligatoria para todos! En España existen tres millones de discapacitados que tienen la fea costumbre de no querer morirse, pero el más famoso de ellos y quien más cobertura informativa ha suscitado es precisamente uno que sí ha logrado suicidarse. Esto es así porque los medios de comunicación y la oligarquía política prefieren fomentar una visión de la discapacidad como un estado en el que no vale la pena vivir, habida cuenta que los enfermos mentales y los paralíticos ni votan ni producen, pero hay que mantenerlos, así que mejor están muertos, en lugar de prestar atención a quienes proponen la adopción de medidas indiscriminatorias para que todos los afectados por enfermedades o minusvalías puedan ejercer sus derechos como los demás, en la medida de lo posible, incluido el derecho a disponer de su propia muerte.
 
 
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Suicidarme es lo último que haría, pero recuerdo haber oído a finales de año un reportaje en la radio donde se informaba acerca de un aumento en los índices de suicidio. Unas semanas después leí una noticia sobre alguien que se había quitado la vida lanzándose desde lo alto de un acantilado en el condado de East Essex, en la costa sur de Inglaterra. Ese acantilado, llamado Beachy Head, se ha hecho famoso porque allí acuden muchos suicidas dispuestos a cumplir su propósito: hasta veinte casos cada año. Todo esto me hizo pensar que en ciertas noches de otoño, quizá si estás pensando en suicidarte, puedas acudir allí y ver a otros que lo hacen por ti. Y estarles eternamente agradecido...
 
 
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“Dime cuál es tu relación con el dolor y te diré quién eres”, dice una sentencia de Ernst Jünger. Y realmente, si consideramos la vida como una serie de pruebas, la prueba del dolor es difícil de superar. Porque el dolor es en sí algo inmutable, no cambia ni desaparece, pero la forma de enfrentarse a él varía en función de cada individuo o de cada época. Hoy, por ejemplo, adopta a menudo la forma del aburrimiento, del hastío, que es una penosa consecuencia del horror al vacío. De hecho, el término procede de ab horrere. Pero tenía que ser un ruso quien le diera el significado exacto: el aburrimiento es el  deseo de desear, escribió Tolstoi.
 
 
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Un experimento realizado durante la hora punta en el metro de Washington demostró que la belleza y el talento artístico pueden pasar completamente desapercibidos para la mayoría de la gente, por lo menos de la gente que pasa a diario por el metro de Washington. Un virtuoso del violín, Joshua Bell, tocó en el subterráneo algunas composiciones de los principales músicos clásicos del mundo, a la manera de un artista callejero. La prueba consistía en verificar cuántas personas se sentirían atraídas por sus notas, interpretadas con un violín Stradivarius de 1713, uno de los instrumentos más valiosos del mundo, y cuánto dinero recaudaría el intérprete. Aun teniendo en cuenta que no se trataba del mejor lugar para dar la nota y que la gente suele circular bajo tierra con la hora pegada al culo, los expertos pronosticaron que el violinista recaudaría unos 150 dólares, rodeado de sensibles viajeros que se detendrían a escucharle absortos por la música. Sin embargo eso no ocurrió. En 43 minutos, sólo 27 personas le dieron dinero, un total de 32 dólares. Nada que ver con lo que recauda en los conciertos, en los que cada butaca cuesta como mínimo 100 dólares. Se trata de uno de esos experimentos que no demuestran nada, pero tienen gracia, y por eso lo menciono.

. Se trata de uno de esos experimentos que no demuestran nada, pero tienen gracia, y por eso lo menciono.

 

 

 

 

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El seguro de accidentes es probablemente la única clase de seguro que puede contratarse sin que el asegurado tenga pleno conocimiento de ello. Lo único que en todo caso se exige es que el contratante vaya pagando las cuotas regularmente. De tal modo que por ahí habrá más de uno paseando tranquilamente que valga más para su familia muerto que vivo, pero todavía no lo sepa. Y acaso no llegue a saberlo nunca… Lo cual ha dado pie a un buen puñado de películas memorables, dicho sea de paso, no hay mal que por bien no venga.

berlo nunca… Lo cual ha dado pie a un buen puñado de películas memorables, dicho sea de paso, no hay mal que por bien no venga.
 
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Fundamentalismo latente de los ideales humanitarios. En plenas guerras de religión en Europa, Pierre de Bèrulle advertía que el giro copernicano en las ciencias era preciso darlo además en las almas, y no decir más Dios con nosotros –fundamentalismo, al fin y al cabo– sino nosotros con Dios, que es una creencia más propia del humanismo. Y dejando claro, entonces, que ese nosotros fundamentalista puede ser cualquier cosa, incluido, pongamos por caso, un ideal como el que rigió los experimentos e investigaciones científicas con cobayas humanas que desde la república de Weimar para acá, y con el dudoso fin de mejorar a la Humanidad, no han dejado de realizarse, ideales humanitarios a los que tan aficionadas son las sociedades modernas en su relación con los países pobres.

 

 
 
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Clítoris sin fronteras. Las mujeres en África mueren de hambre, de sed, por falta de asistencia médica, por epidemias o como consecuencia de guerras y catástrofes naturales, pero las ONGs y los que dicen luchar “por la dignidad de la mujer africana” están más interesados en su clítoris que por comprender el entorno en que se produce la ablación y por conocer sus verdaderos problemas. La ablación de clítoris es una cuestión grave, como también lo es la circuncisión masculina, especialmente en las condiciones de higiene en que se practica, pero mucho peor es la destrucción de África. Si centramos la atención en mejorar la situación general, sería bastante más asequible combatir cada aspecto particular.
 
 
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Envidia y soberbia. En España se dice que el pecado nacional es la envidia, aunque para los extranjeros el pecado de los españoles es la soberbia. Esto podría significar que, de puertas adentro, nos mostramos envidiosos, y en el extranjero, prepotentes y soberbios. O también, y es lo más probable, que el verdadero pecado de los españoles sea una mezcla de las dos, como prueba que sólo en español existe el término envidia sana, para referirse a la soberbia de quien no puede reconocer su envidia. Si la envidia es el pecado nacional, la soberbia es el pecado internacional de los españoles.
 
 
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No somos nada. Para las televisiones somos cuota de pantalla, para la radio niveles de audiencia o share, cualquier espectáculo depende de la cantidad de público, para los políticos somos volumen de votantes, para el Estado un número de DNI, Hacienda nos controla a través del NIF y todos tenemos también un número de Seguridad Social; el mercado se nutre de masas de consumidores, las multinacionales hablan de volumen de clientes y todo se reconoce por cifras y siglas; existen en el mundo 824 millones de personas desnutridas, 630 millones de indigentes, 40 millones de infectados por el virus del SIDA, un millón de personas mueren cada año por accidentes de tráfico, mil millones no tienen acceso al agua potable... Las cifras no duelen y ya sólo nos queda la contabilidad.
 
 
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El arte de existir lo menos posible. Hace cincuenta y cinco años, en la Navidad de 1956, dos niñas descubrieron el cadáver de un anciano sobre la nieve, muy cerca de la pequeña ciudad suiza de Herisau: era el escritor Robert Walser, que había salido a pasear por el bosque. Su reclusión voluntaria en el manicomio de Waldau fue tan discreta como su vida, basada en una rígida voluntad de existir lo menos posible. En su novela “Los hermanos Tanner” hay una descripción milimétrica que anticipa su fin. Sebastian, el poeta, es encontrado muerto en la nieve. Las palabras de Simon, que cabe atribuir al propio escritor, semejan una autoelegía: “¡Con qué nobleza ha elegido su tumba! Yace en medio de espléndidos abetos verdes, cubiertos de nieve. No quiere avisar a nadie. La naturaleza se inclina a contemplar a su muerto, las estrellas cantan dulcemente en torno a su cabeza y las aves nocturnas graznan: es la mejor música para alguien que no tiene oído ni sensaciones.”
Con un fatalismo alegre y confiado, la libertad ama y persigue lo que aún no existe.
 
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Del libro "El tiempo todo locura", de Rafael Gonzalo, 2007

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