A principios del siglo XX, los científicos pensaban que no existían límites para el conocimiento. 
Con la elaboración del principio de la incertidumbre, Heisenberg explicó cómo era posible que la luz fuese una onda y una partícula a la vez. 
Demostró teóricamente que el conocimiento del microcosmos tiene límites de índole física, como la velocidad de la luz, y no sólo de tipo intelectual o lógico, como los señalados por Gödel en su célebre teorema. 
Teniendo en cuenta el argumento de Heisenberg de que cada concepto tiene sentido solamente en función de los experimentos realizados para medirlo, concluiríamos que aquello que no puede medirse, no tiene significado en física. 
No tiene sentido hablar de cómo es la trayectoria de un electrón en un átomo de hidrógeno, por ejemplo, si la imprecisión a la hora de medir la posición del electrón es del tamaño del propio átomo. 
Cuando se trata de determinar si la luz es una onda o una partícula hay que llegar a niveles de una precisión imposible. 
Es decir, hay cosas que no se pueden preguntar a la Naturaleza, porque ella misma las ignora: la respuesta precede a la pregunta, la hace posible.
 

    

 

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El argumento de que la democracia es el mejor de los gobiernos posibles es cierto siempre y cuando tengamos en cuenta que se refiere no a las posibilidades de creación de nuevos sistemas, que son infinitas, sino a las posibilidades dentro de la realidad, que están delimitadas por el entorno circundante.

La democracia es posiblemente un sistema necesario y muy válido en la esfera jurídica, como medio de convivencia y también como derecho político o social, pero debería quedar completamente excluida en todos los órdenes principales de la cultura, como puedan ser el arte, la ciencia o la filosofía, disciplinas que participan de la infinitud y del misterio, y que no pueden medirse por el rasero igualitario. Al extenderse más allá del ámbito de la política, la democracia termina por convertirse en un totalitarismo más, quizá el peor de todos.

De cómo resolvamos el conflicto entre libertad individual y democracia política depende la construcción y el destino de la sociedad durante el próximo siglo.

 

 

 

 

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Por la investigación neurológica sabemos que la parte más primitiva del cerebro humano es similar al cerebro de los reptiles y regula patrones de comportamiento como son los de territorialidad, la identificación de los individuos más fuertes o más débiles de una especie, el sometimiento, los rituales de intimidación, la repetición invariable de una misma respuesta ante un mismo estímulo… formas de conducta todas ellas que podemos ver constantemente en las clases política y empresarial. De hecho lo que lleva a las hordas burocráticas y financieras por el camino de la avidez y la violencia es su falta de inteligencia, su ignorancia, su incapacidad para lo mejor.

 

 

 

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Un argumento ético muy frecuente señala que cada individuo es libre de hacer lo que quiera mientras no afecte o dañe a otros.

Sin embargo, el argumento es falso si pretende ir más allá del ámbito jurídico para invadir la esfera moral. Ni se explican los límites de ese posible daño, ni se advierte que el dolor y la violencia forman parte indisoluble de la vida humana, y que una reducción de tal calibre nos privaría de la facultad para crear valores dignos y universales.

Las relaciones humanas pueden ser afectivas… y conflictivas. Sin cierto grado de crueldad –entendiendo por tal causar dolor a sabiendas– nunca aprenderíamos nada, ni aceptaríamos deberes éticos ni tampoco disfrutaríamos de derechos. Sólo la crueldad por la crueldad, cuyo absurdo y sinsentido la convierten en fin en sí misma, merece repulsa moral.

La ética es “camino de perfección” y no mera abstención de causar mal a otros.

 

 

 

 

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La uniformidad de nuestra época está marcada por la desaparición de la trascendencia.

En el mundo de hoy, el individuo se ha convertido en persona, o sea, en máscara, en tipo.

Todo se confabula para que consideremos nuestra vida singular como un impedimento para la buena marcha de las estructuras políticas, sociales, económicas, religiosas y científicas.

Para combatir el caos caímos en la parcelación estadística.

Frente al sinsentido y la barbarie colectivista, en su artículo “Socialismo contra espíritu”, Ionesco advierte:

“La sociología es imperialista. Rechaza tanto la biología como la metafísica. Tiende sobre todo a sustituir a ésta última. (…) Los colectivismos amenazan con socializar, en la totalidad de su ser, al individuo. (…) Reducido a lo social, el hombre no sería más que una partícula de la sociedad, no viviendo más que para la sociedad, incluso no imaginando poder vivir de otra manera, en tanto que funcionario social. Sería socialista hasta en su subconsciente, perdiendo su tercera o cuarta dimensión: el espíritu, que le es esencial y que no se puede medir (…) El hombre es un ser asocial, que no puede vivir sino en sociedad, pero que en sociedad, no puede vivir sino asocialmente.”

¡Que viva la verdad libre!

 

 

 

 

                                            

 Nostalgia geométrica del caos, 2001                                                          

                                             

       

    

 

 

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Artimaña y artillería del arte. La impresión que parece haber en esta sociedad es que la idea de vanguardia ya no significa nada en el mundo del arte. Y eso a pesar de los argumentos de André Breton, para quien la experiencia de la escritura provoca una revolución en el espíritu de quien la practica. En cambio, para Freud, la experiencia artística nada revoluciona, sino que pertenece al subplano de la sublimación personal de las frustraciones. Poco importan las filosofías a los especuladores de la industria de información cultural que, temerosos de dejar escapar la ocasión, compran lo que no saben descifrar y tratan de apoderarse de lo que no comprenden, lo cual ha favorecido la aparición de un academicismo de la no-figuración, al que se oponen los academicismos hiperrealistas, minimalistas, surrealistas, no menos cuestionables, y prometedores también de un desagradable despertar. Muy pronto se hizo antiguo el modernismo y se quedó sin futuro el futurismo.

 

 

 

 

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El fantasma de la democracia. Durante la transición española se fue conformando una sociedad espectral, en el sentido de que se instauraba una democracia representativa, de simulación y no la verdad de la democracia, que en todo caso sería de participación efectiva y con verdadera división de poderes. Se generó un nuevo simulacro, del mismo modo que se había simulado albergar una cierta dignidad durante la dictadura. Era una sociedad que aparentaba encontrarse en una posición para la que nada había hecho. Todo el mundo jugaba a la democracia, había que ser más democrático que los demócratas. Pero los espectros cambian de máscara, lo cual hacía sospechar que el derrumbe iba a instalarse tarde o temprano. La democracia vino formalmente como consecuencia de la caída de la dictadura, como deshecho de lo no hecho, porque la sociedad no había hecho nada por ser democrática, a no ser esperar a que el dictador se muriera de viejo. Después de toda esa alegría esperanzada, que no deja de ser religiosa, vino la depresión real y psíquica, es decir, esa idea de mirarse el ombligo y de que los españoles nos lo merecemos todo, históricamente se acabó. Uno se merece lo que puede hacer, y no se merece lo que puede deshacer y tiene que responder por ello, y en ese periodo de transición, se destrozaron y acabaron en nada toda clase de aspiraciones.

 

 

 

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Salomón y las reinonas del igualitarismo. Cuando se menciona la expresión “decisión salomónica” para referirnos a ese tipo de sentencias que consisten en dar la mitad de un objeto de litigio a cada una de las partes que lo reclaman, quizá deberíamos recordar que el sapientísimo rey de Israel nunca tuvo la ocurrencia de dividir en dos partes al niño del relato bíblico para entregarle la mitad a cada mujer, solamente amenazó con hacerlo para descubrir a la verdadera madre y dárselo a ella enterito. Este error no es casual, enlaza con el bulo de los “derechos de igualdad”, esa demagogia de confundir paridad con justicia, y desde luego se ajusta muy poco al modelo de juicio salomónico que podemos deducir por el ejemplo bíblico, en todo caso bastaría con echarle una ojeada al Eclesiastés para comprobar que la providencial sabiduría de Salomón no iba por ahí. Lo justo en todo caso es dar a cada uno lo suyo, lo que le corresponde o lo que merece, que es la base del derecho romano desde Ulpiano hasta acá, no dar a todos lo mismo por decreto y ya está, que es la base del socialismo liberticida. Pero sin duda para los igualitarios dividir a un niño en dos pedacitos exactos y darle uno a cada supuesta madre es el modelo máximo de decisión ecuánime y lo que habría convertido al rey Salomón en un hombre tan sabio, tan justo, tan estupendo, tan de los nuestros...
 
 
 
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Paradoja de la corrupción policial. Todas las Policías del mundo utilizan la figura del confidente como principal fuente de información, aunque no la revelen, ya sea por la confidencia en sí o por el resultado de la investigación que genera. De este modo, la figura del confidente pone de manifiesto la debilidad de la ley, que implora la ayuda de quien la ofende, resultando la paradoja de que, para salvaguardar la legalidad, sus propios representantes se ven en la obligación de pactar y participar de la delincuencia, fenómeno conocido desde antiguo como corrupción, bien sea que aliviado por la necesidad.
 
 
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¡Eutanasia obligatoria para todos! En España existen tres millones de discapacitados que tienen la fea costumbre de no querer morirse, pero el más famoso de ellos y quien más cobertura informativa ha suscitado es precisamente uno que sí ha logrado suicidarse. Esto es así porque los medios de comunicación y la oligarquía política prefieren fomentar una visión de la discapacidad como un estado en el que no vale la pena vivir, habida cuenta que los enfermos mentales y los paralíticos ni votan ni producen, pero hay que mantenerlos, así que mejor están muertos, en lugar de prestar atención a quienes proponen la adopción de medidas indiscriminatorias para que todos los afectados por enfermedades o minusvalías puedan ejercer sus derechos como los demás, en la medida de lo posible, incluido el derecho a disponer de su propia muerte.
 
 
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Suicidarme es lo último que haría, pero recuerdo haber oído a finales de año un reportaje en la radio donde se informaba acerca de un aumento en los índices de suicidio. Unas semanas después leí una noticia sobre alguien que se había quitado la vida lanzándose desde lo alto de un acantilado en el condado de East Essex, en la costa sur de Inglaterra. Ese acantilado, llamado Beachy Head, se ha hecho famoso porque allí acuden muchos suicidas dispuestos a cumplir su propósito: hasta veinte casos cada año. Todo esto me hizo pensar que en ciertas noches de otoño, quizá si estás pensando en suicidarte, puedas acudir allí y ver a otros que lo hacen por ti. Y estarles eternamente agradecido...
 
 
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“Dime cuál es tu relación con el dolor y te diré quién eres”, dice una sentencia de Ernst Jünger. Y realmente, si consideramos la vida como una serie de pruebas, la prueba del dolor es difícil de superar. Porque el dolor es en sí algo inmutable, no cambia ni desaparece, pero la forma de enfrentarse a él varía en función de cada individuo o de cada época. Hoy, por ejemplo, adopta a menudo la forma del aburrimiento, del hastío, que es una penosa consecuencia del horror al vacío. De hecho, el término procede de ab horrere. Pero tenía que ser un ruso quien le diera el significado exacto: el aburrimiento es el  deseo de desear, escribió Tolstoi.
 
 
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Un experimento realizado durante la hora punta en el metro de Washington demostró que la belleza y el talento artístico pueden pasar completamente desapercibidos para la mayoría de la gente, por lo menos de la gente que pasa a diario por el metro de Washington. Un virtuoso del violín, Joshua Bell, tocó en el subterráneo algunas composiciones de los principales músicos clásicos del mundo, a la manera de un artista callejero. La prueba consistía en verificar cuántas personas se sentirían atraídas por sus notas, interpretadas con un violín Stradivarius de 1713, uno de los instrumentos más valiosos del mundo, y cuánto dinero recaudaría el intérprete. Aun teniendo en cuenta que no se trataba del mejor lugar para dar la nota y que la gente suele circular bajo tierra con la hora pegada al culo, los expertos pronosticaron que el violinista recaudaría unos 150 dólares, rodeado de sensibles viajeros que se detendrían a escucharle absortos por la música. Sin embargo eso no ocurrió. En 43 minutos, sólo 27 personas le dieron dinero, un total de 32 dólares. Nada que ver con lo que recauda en los conciertos, en los que cada butaca cuesta como mínimo 100 dólares. 

Se trata de uno de esos experimentos que no demuestran nada en particular, pero tienen gracia, y por eso lo menciono.

 

 

 

 

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El seguro de accidentes es probablemente la única clase de seguro que puede contratarse sin que el asegurado tenga pleno conocimiento de ello. Lo único que en todo caso se exige es que el contratante vaya pagando las cuotas de manera regular. De tal modo que por ahí habrá más de uno paseando tranquilamente que valga más para su familia muerto que vivo, pero todavía no lo sepa. Y acaso no llegue a saberlo nunca… Lo cual ha dado pie a un buen puñado de películas memorables, dicho sea de paso, no hay mal que por bien no venga.

 
 
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Según la ley no está permitida la publicidad que no se ajusta a la realidad o que puede llevar al público a la confusión, lo cual es una cuestión que tiene más miga de lo que parece. El tema de fondo es la ubicuidad del mercado, que lo convertiría en invisible de no ser por la existencia de la publicidad. No podemos ver el mercado porque está en todas partes, como el aire, pero sabemos de su presencia por la publicidad. Invirtiendo los términos del liberalismo económico, se trataría de que la publicidad es la mano visible del mercado invisible, porque hasta el menos avezado de los publicistas sabe que la principal función de la publicidad comercial consiste justamente en confundir al espectador, engañarlo, convencerlo de que sólo consumiendo puede ser feliz, siquiera sea aparentemente. Toda publicidad debería estar prohibida, lo cual es imposible. Esta es la razón de que el Black Friday dure una semana y la Semana Fantástica de El Corte Inglés 14 días, por mencionar dos ejemplos de los más inocuos.
 
 
 
 
 
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Fundamentalismo latente de los ideales humanitarios. En plenas guerras de religión en Europa, Pierre de Bèrulle advertía que el giro copernicano en las ciencias era preciso darlo además en las almas, y no decir más ‘Dios con nosotros’ –fundamentalismo, al fin y al cabo– sino ‘nosotros con Dios’, que es una creencia más propia del humanismo. Y dejando claro, entonces, que ese nosotros fundamentalista puede ser cualquier cosa, incluido, pongamos por caso, un ideal como el que rigió los experimentos e investigaciones científicas con cobayas humanas que desde la república de Weimar para acá, y con el dudoso fin de mejorar a la Humanidad, no han dejado de realizarse, ideales humanitarios a los que tan aficionadas son las sociedades que podemos llamar ‘desarrolladas’ en su relación con los países que podemos llamar ‘pueblos sin Historia’, en palabras de Cioran. Los ideales humanitarios tienen más relación con el totalitarismo que con el humanismo, son síntoma de un fundamentalismo latente.

 

 
 
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Clítoris sin fronteras. Las mujeres en África mueren de hambre, de sed, por falta de asistencia médica, por epidemias o como consecuencia de guerras y catástrofes naturales, pero las ONGs y los que dicen luchar “por la dignidad de la mujer africana” están más interesados en su clítoris que por comprender el entorno en que se produce la ablación y por conocer sus verdaderos problemas. La ablación de clítoris es una cuestión grave, como también lo es la circuncisión masculina, especialmente en las condiciones de higiene en que se practica, pero mucho peor es la destrucción de África. Si centramos la atención en mejorar la situación general, sería bastante más asequible combatir cada aspecto particular.
 
 
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Envidia y soberbia. En España se dice que el pecado nacional es la envidia, aunque para los extranjeros el pecado de los españoles es la soberbia. Esto podría significar que, de puertas adentro, nos mostramos envidiosos, y en el extranjero, prepotentes y soberbios. O también, y es lo más probable, que el verdadero pecado de los españoles sea una mezcla de las dos, como prueba que sólo en español existe el término envidia sana, para referirse a la soberbia de quien no puede reconocer su envidia. Si la envidia es el pecado nacional, la soberbia es el pecado internacional de los españoles.
 
 
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No somos nada. Para las televisiones somos cuota de pantalla, para la radio niveles de audiencia o share, cualquier espectáculo depende de la cantidad de público, para los políticos somos volumen de votantes, para el Estado un número de DNI, Hacienda nos controla a través del NIF y todos tenemos también un número de Seguridad Social; el mercado se nutre de masas de consumidores, las multinacionales hablan de volumen de clientes y todo se reconoce por cifras y siglas; existen en el mundo 824 millones de personas desnutridas, 630 millones de indigentes, 40 millones de infectados por el virus del SIDA, un millón de personas mueren cada año por accidentes de tráfico, mil millones no tienen acceso al agua potable... 

Las cifras no duelen y ya sólo nos queda la contabilidad.

 
 
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El arte de existir lo menos posible. Hace cincuenta y cinco años, en la Navidad de 1956, dos niñas descubrieron el cadáver de un anciano sobre la nieve, muy cerca de la pequeña ciudad suiza de Herisau: era el escritor Robert Walser, que había salido a pasear por el bosque. Su reclusión voluntaria en el manicomio de Waldau fue tan discreta como su vida, basada en una rígida voluntad de existir lo menos posible. En su novela “Los hermanos Tanner” hay una descripción milimétrica que anticipa su fin. Sebastian, el poeta, es encontrado muerto en la nieve. Las palabras de Simon, que cabe atribuir al propio escritor, semejan una autoelegía: “¡Con qué nobleza ha elegido su tumba! Yace en medio de espléndidos abetos verdes, cubiertos de nieve. No quiere avisar a nadie. La naturaleza se inclina a contemplar a su muerto, las estrellas cantan dulcemente en torno a su cabeza y las aves nocturnas graznan: es la mejor música para alguien que no tiene oído ni sensaciones.”

Con un fatalismo alegre y confiado, la libertad ama y persigue lo que aún no existe.

 
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Del libro "El tiempo todo locura", de Rafael Gonzalo, 2007
 

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