| El fantasma de la democracia
Durante la transición española se fue conformando una sociedad espectral, en el sentido de que se instauraba una democracia representativa, de simulación y no la verdad de la democracia, que en todo caso sería de participación efectiva y con verdadera división de poderes. Se generó un nuevo simulacro, del mismo modo que se había simulado albergar una cierta dignidad durante la dictadura. Era una sociedad que aparentaba encontrarse en una posición para la que nada había hecho. Todo el mundo jugaba a la democracia, había que ser más democrático que los demócratas. Pero los espectros cambian de máscara, lo cual hacía sospechar que el derrumbe iba a instalarse tarde o temprano. La democracia vino formalmente como consecuencia de la caída de la dictadura, como deshecho de lo no hecho, porque la sociedad no había hecho nada por ser democrática, a no ser esperar a que el dictador se muriera de viejo. Después de toda esa alegría esperanzada, que no deja de ser religiosa, vino la depresión real y psíquica, es decir, esa idea de mirarse el ombligo y de que los españoles nos lo merecemos todo, históricamente se acabó. Uno se merece lo que puede hacer, y no se merece lo que puede deshacer y tiene que responder por ello, y en ese periodo de transición, se destrozaron y acabaron en nada toda clase de aspiraciones. El tiempo todo locura |
El alma es la principal función del cuerpo En una entrevista publicada en un diario madrileño, declaraba un científico del Hospital Universitario de Alicante que la razón por la que tenía prohibido investigar con células madre tenía su origen en una interpretación del pensamiento de Aristóteles, que cada vez tenían menos en consideración los creyentes. En concreto, tal pensamiento conservador se ha basado en los argumentos del filósofo griego sobre la inserción del alma en el embrión. Sin embargo, es un auténtico sarcasmo que se apele a la opinión de Aristóteles para oponerse a ese tipo de investigación, cuando si éste viviese, y teniendo en cuenta su insobornable voluntad de conocimiento, es muy probable que estuviese investigando, no ya con células madre, sino con células padre, con el hijo y el espíritu santo. En realidad, el concepto aristotélico de alma ha dado ya pie a más de un malentendido. A este respecto, explicaba Aristóteles que “el alma es al cuerpo lo que la función es al órgano; lo que la visión al ojo”. Para el filósofo griego “el alma es la primera entelequia del cuerpo físico que en potencia tiene vida”. Por entelequia entendía la realización de toda la perfección que un ser puede alcanzar. O, lo que es lo mismo, el paso de la potencia al acto que realiza un ser, su realidad plena. Pero todos entendemos por entelequia, como dice el diccionario, algo irreal, como la invención, la fantasía, el sueño o la utopía, lo opuesto en fin a la realidad. Paradójicamente, coincidimos con Aristóteles en la consideración del alma como una entelequia, pero en la acepción de mera fantasía, algo que no tiene existencia ni posibilidad de existir. Sin embargo, la idea del filósofo es veraz y asombrosa: el alma es una construcción, la máxima entelequia del cuerpo, su función principal y más perfecta. Encontramos ecos de esta visión profunda del hombre dos mil años después, en el poeta inglés John Keats, para quien el mundo es el valle de la creación del alma.
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Tutela y corruptela infantil La legislación incurre en algunas paradojas en cuanto a derechos y deberes de los menores. Tras la aprobación de la ley de prevención del tabaquismo, los menores de edad están más protegidos que nunca del humo de los cigarrillos, mientras que fumar, tomar alcohol y drogarse no está penado. Un menor en España puede tener permiso de armas para la caza, puede casarse y divorciarse, pincharse heroína en el domicilio paterno, firmar un contrato laboral, consentir relaciones sexuales incluso con adultos, tomar la píldora postcoital o abortar, hacer testamento, someterse a una operación de cirugía estética, atiborrarse de contenidos violentos y obscenos en el cine, la prensa o la televisión..., pero tiene prohibido entrar en un bar en el que esté permitido fumar, aunque esté acompañado por su padre. Los resultados de tanta hipocresía saltan a la vista: el tabaquismo entre los jóvenes ha crecido un 30%, a un ritmo similar al de otras adicciones como la cocaína o las drogas de diseño; la tasa de fracaso escolar se sitúa por encima del 60%, consecuencia de un sistema educativo demencial; aumentan los niveles de absentismo, y los estudiantes españoles tocan fondo como los más ineptos de Europa; conscientes de su inmunidad, se disparan los índices de delincuencia juvenil, incluso infantil; hacen estragos las depresiones y los suicidios, el maltrato, la pornografía, la explotación... Todo ello avalado por unas leyes de protección de menores tan ridículas como la legislación en general y el código penal en particular (que no tiene reparo en considerar, por ejemplo, como mera agresión sexual, pero no violación el abuso de niños pequeños “cuando no existe resistencia por parte de la víctima”). Que los chavales no puedan entrar en los bares es una buena excusa para irse de botellón, pero completamente irrelevante ante el panorama general. Si se hiciera algo por mejorar éste último, ya se cuidarían ellos solos de todo lo demás.
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Los aforismos son los meteoritos de la literatura El aforismo no es propiamente un género o, en todo caso puede serlo por generalizar. La discusión sobre los géneros es un poco catastral, de registro notarial, y denota un interés más anacrónico que anticuado (en el sentido de no tener en cuenta el tiempo ni, por lo tanto, la novedad, la invención) por el patrimonio, el reparto y la demarcación de espacios. En la práctica no existen los géneros, pero en teoría sí. Los géneros son las inmobiliarias de la literatura. Se trata de una convención que atañe a la literatura como cuarto de estar del escritor, pero lo que identifica básicamente a ésta, en tanto que escritura viva, es su existencia como construcción de un espacio nuevo, como espacio de andar, el ser en permanente rebelión con el tener. Es decir, la literatura no es tanto una forma de comunicación como de revelación, del mismo modo que el lenguaje, más que una herramienta o vehículo del pensamiento, sería el pensamiento mismo. Porque la gran revolución lingüística del siglo XX es el reconocimiento de que el lenguaje no es únicamente un instrumento para comunicar conceptos acerca del mundo, sino más bien, y en primer lugar, un instrumento para crear el mundo. La realidad no se experimenta o refleja simplemente en el lenguaje, sino por el contrario, es producida por éste. La literatura es nómada y escribir es viajar a ninguna parte. El desplazamiento que supone la práctica de la escritura es algo así como un viaje al fin del mundo. Por lo menos, del mundo del escritor. Con lo cual tenemos que el aforismo es género (sólo en teoría y por generalizar) de vanguardia en el fondo y de retaguardia en la forma, al revés que la novela. Si el novelista suma páginas, el aforista las resta, quita lo que sobra. Si el novelista escribe a lo grande, el aforista escribe bajo mínimos. Si para el novelista la mejor defensa es un buen ataque, para el aforista también, pero un ataque de risa. En definitiva, los libros que he leído son vivencias más que influencias, no digamos experiencias. El escritor de aforismos publica porque no puede pasarse la vida corrigiendo. O lo que es lo mismo, no hay mejor forma de dar por terminado un artículo que citar a Nietzsche, sobre todo si no viene a cuento: “Temo que no vayamos a liberarnos del concepto de Dios, mientras sigamos creyendo en la gramática”. El tiempo todo locura |
Paradoja de la deuda externa Con su habitual eficacia, la ONU ha sido incapaz de encontrar los expedientes de 6.400 millones de dólares depositados en bancos iraquíes por EE.UU. a lo largo del 2003 y hasta primeros del 2005, destinados a la reconstrucción del país. Lo cual significa que casi la mitad del dinero que el gobierno de Estados Unidos desembolsó para la reconstrucción de Irak a partir de 1994 se encuentra en paradero desconocido. Si esto ha ocurrido bajo la supervisión de la Autoridad Provisional de la Coalición, no hace falta mucha imaginación para saber dónde ha ido a parar desde los años ochenta buena parte de los 1,53 billones de dólares que los países pobres adeudan hoy a los ricos. ¿Se ha parado alguien a pensar que los bancos de los países desarrollados tienen en su poder depósitos públicos y privados de los países pobres por valor de 620.000 millones de dólares? ¿O, dicho de otra forma, que gobiernos y particulares de los países en desarrollo tienen guardado en los bancos de los países industrializados casi la mitad del importe de su deuda externa? Esta situación sólo aparentemente paradójica se produce porque en lugar de invertir los capitales en el aparato productivo de sus países, los ricos de los países pobres depositan el dinero recibido por préstamos o el acumulado por los salarios bajos, plusvalías o venta de materias primas, en los bancos de los países ricos. De este modo, los países industrializados se aseguran de que el dinero de la ayuda al Tercer Mundo vuelva a ellos. Cuando los ministros de Finanzas de los ocho países más ricos del mundo expresan su disposición a cancelar la totalidad de la deuda externa de los 18 países más pobres, todos ellos africanos, excepto Bolivia, Honduras y Nicaragua –casi 37.000 millones de euros–, todos nos ponemos muy contentos por un gesto que puede contribuir a la paz y la armonía entre los pueblos y a erradicar la pobreza. Pero olvidamos que, con esa acción simplemente bienintencionada, estamos contribuyendo también a fomentar la mala gestión política y el desvío de fondos públicos a manos particulares. El mayor problema de África, Asia y América del Sur no son las catástrofes naturales, ni las enfermedades, ni los conflictos armados, sino la corrupción, que involucra a todos los demás problemas. De poco sirve cancelar la deuda externa en países que no realizan ningún esfuerzo por combatir la corrupción política y económica, ni se sienten obligados a invertir ese dinero en el fomento de servicios sanitarios, educativos e infraestructura, mejorar la trasparencia fiscal o asegurar una estabilidad económica dentro de sus fronteras, ni por ayudar lo más mínimo a su gente. O si por el otro lado, tampoco se realiza el esfuerzo de estudiar caso por caso cada situación, ni de garantizar procesos claros y transparentes, adoptar medidas de protección si fueran necesarias o ciertas tarifas, como condición previa para poder obtener préstamos del Banco Mundial o del Fondo Monetario Internacional, ni se atienden las alternativas a la globalización neoliberal que puedan originarse en el seno de los propios países pobres. Porque, en primer lugar, podemos preguntarnos qué derecho tienen los países subdesarrollados sobre nuestro dinero, si tenemos en cuenta que el endeudamiento es consecuencia directa de la mala gestión política de sus gobernantes y, sobre todo, hasta qué punto con la ayuda al Tercer Mundo y con la cancelación de la deuda son los pobres de los países ricos quienes subvencionan a los ricos de los países pobres. El objetivo de la cooperación internacional no es acabar con la pobreza a medio o largo plazo, sino crear una estructura mundial que permita a los países ricos mantener su hegemonía, porque ni los grandes productores económicos pueden desequilibrar el mercado sin propiciar elementos graves para su propia crisis económica, ni los países del Tercer Mundo están en condiciones de satisfacer las deudas contraídas en ese mercado. También debemos preguntarnos si África pasa hambre porque dejó de cultivar lo que necesitaba para comer y se introdujo la lógica mercantil en el tejido social de la población, con lo cual pasó a dedicar todos sus recursos al desarrollo de los cultivos comerciales que interesaban a Europa y EE.UU. A cambio en estos países se siguen organizando conciertos solidarios y galas benéficas que sólo contribuyen a agravar el problema de la falsa ayuda, compensar con sobras y excedentes de producción y limpiar la conciencia de la gente. En este caso, la solidaridad sólo supondría una forma de narcisismo colectivo, del tipo “ponga un pobre en su mesa”, o también “si ayudo a los que pasan hambre, señal de que soy una buena persona”. Si uno de los peores males de los países en vías de desarrollo es la corrupción de sus gobernantes, resulta terrible que el modelo alternativo primero y más cercano al que puedan acogerse sea la propia cooperación internacional corrupta, tanto oficial como no gubernamental, con su burocracia hipócrita, indiferente o mezquina, que funciona como generadora de más años de subdesarrollo a través de la herramienta supuestamente creada para salir de la miseria. Perdonar la deuda externa a los países pobres entra así dentro de lo que podríamos llamar explotación política de la caridad. Del mismo modo que cuando alguien da limosna lo que hace no es repartir la riqueza, sino administrar la pobreza, los gobiernos y multinacionales de los países ricos no pretenden acabar con la miseria, sólo rentabilizarla. Una vez perdonada esa deuda, el abismo entre ricos y pobres seguirá aumentando. Y no porque la caridad en sí tenga nada de malo, lo malo es creer que así se puede acabar con la pobreza. 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Los argumentos contra el tabaco son puro humo Durante el año 2004, la Unión Europea destinó 72 millones de euros en campañas de lucha contra el tabaquismo, un 8% de los aproximadamente 900 millones anuales con los que subvenciona el cultivo de tabaco en Europa. El consumo de esta sustancia produce unos beneficios en Europa de 63.000 millones de euros. También en España, las arcas del Estado tienen mucho que agradecer al humo de los cigarrillos. Sólo en 2004, Hacienda recaudó 7.145 millones de euros en impuestos indirectos, una cifra que desde entonces ha seguido en aumento. El 72% del precio de una cajetilla son impuestos, según Fumadores para la Tolerancia. Curiosamente, el mismo porcentaje de aditivos contenidos en un cigarrillo: sólo el 28% es tabaco, dicho sea en beneficio de las propiedades de éste último. Los ingresos del Estado procedentes del consumo de tabaco financian el 50% de la Sanidad Pública, dándose entonces la circunstancia, sólo aparentemente paradójica, de que las campañas antitabaco del Ministerio de Sanidad se financien con un pequeño porcentaje del mismo dinero recaudado por el Estado gracias a los impuestos indirectos y el monopolio sobre el tabaco. Al beneficiarse del tabaquismo, la Sanidad Pública se convierte en cómplice de lo que pretende remediar. Los resultados de tanta demagogia no pueden ser más explícitos: el consumo de tabaco entre los jóvenes ha aumentado un 30%. Y eso a pesar de que hoy en día te enciendes un cigarrillo y los que echan humo son los no fumadores. Porque, aunque los datos oficiales pretenden reflejar que ha descendido el consumo de tabaco, la realidad se nos presenta de manera muy diferente, debido a su fea costumbre de desmentir las estadísticas. Si bien la cifra de fumadores ha descendido, esto no viene causado en modo alguno por las estúpidas campañas de sanidad, ya que lo cierto es que esa reducción es achacable, sobre todo, al envejecimiento de la población, y al hecho de que son los mayores de 65 años quienes no fuman por prescripción médica debido a enfermedades, mientras que el tabaquismo no para de aumentar en los tramos de edad comprendidos entre los 18 y 45 años, especialmente entre las mujeres, que ya han conseguido alcanzar a los hombres en adicción y se van acercando en lo referente a enfermedades pulmonares crónicas, gracias a su mayor sensibilidad a la toxicidad de los cigarrillos. De hecho, antes de que las mujeres se pusieran a fumar, el tabaco no pasaba de ser un hábito; sólo ahora es ya una adicción, un vicio. De este modo, las campañas antitabaco se revelan como una mera cortina de humo. Y es que nadie se dio cuenta nunca de lo mal que olía el tabaco hasta que se prohibió fumar en sitios donde antes había estado siempre permitido. Pero el colmo lo encontramos en el Museo del Fumador, en París. También allí está prohibido fumar... El tiempo todo locura |
Rescatar del olvido el arte de la memoria
En la cultura clásica, la memoria era la madre de las musas, la máquina del tiempo de los dioses. Una diosa ella misma. El filósofo Bergson pensaba que la memoria es justamente la intersección de mente y materia, de modo que los aparentes fallos de memoria no serían en realidad fallos de su parte mental, sino del mecanismo motor que pone la memoria en acción. Funes el memorioso, el inolvidable personaje de Borges que discurrió un vocabulario infinito para la serie natural de los números –sin llegar a escribirlo, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele–, no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada bosque, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Proyectó un catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo, que definiría luego por cifras. Porque para Ireneo Funes, la memoria era la madre de las ciencias exactas, no de las artes, y su vocación era la certidumbre. O por decirlo con un rodeo, para Funes el arte de la memoria consistía en recordar que la memoria era una ciencia. Pero no debemos olvidar que Borges definió su fábula como una larga metáfora del insomnio. Milan Kundera advirtió una conexión secreta entre la velocidad y el olvido, entre la lentitud y la memoria: “El grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria; el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido”... Del genial autor de Gulliver, Jonathan Swift, se cuenta que un día, cuando empezó a perder memoria, como quien se afirma y se ancla en su íntima esencia invulnerable, se le oía repetir: “Soy el que soy, soy el que soy…” ¿Tal vez porque intuía que sin memoria se moría, que la vida no vivida puede matar? Pero si la memoria fuera infinita, ¿no recordaríamos cada una de las circunstancias de cada día de nuestra vida, que son innumerables? Para el escritor argentino Antonio Porchia, vivimos con la esperanza de llegar a ser un recuerdo.
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La manzana de Newton sobre tejados de vidrio: paralelismo entre ciencia y arte
La investigación científica, como la práctica del arte, es un acto creativo, y no sólo consiste en atrapar una serie de hechos y extraer conclusiones. La ciencia empieza por hacerse una cierta idea del mundo, una teoría coherente y probable, y si la realidad corresponde con esa idea, establece una ley. Un pintor o un escritor también imagina a través de su obra una perspectiva del mundo, pero la ciencia difiere del arte porque éste no necesita confrontar la imaginación con la realidad. Un cuadro de Friedrich o de Matisse no se corresponden con la realidad, sino que describen mundos irreales, pero hay en ellos tanta veracidad como en el teorema de Pitágoras –Nietzsche escribió que el arte es más verdadero que la realidad. Otra diferencia es que la ciencia siempre aparece vinculada a una idea de progreso, desde Arquímedes hasta Heisenberg, y el arte no. Las tragedias griegas nos resultan tan cercanas como los dramas de Calderón o de Beckett. En cierto modo, Sófocles, Miró, Vivaldi o Víctor Hugo son nuestros contemporáneos. Precisamente, Víctor Hugo dijo de Pascal que estaba superado como científico, pero no como escritor. Sus pensamientos nos siguen sorprendiendo. Lo que evoluciona es la técnica del arte, pero no el arte en sí. Sin embargo, difícilmente podríamos aceptar que un científico moderno tratara de explicar el mundo físico a partir de la teoría de los cuatro elementos, porque a lo largo del tiempo el universo y los fenómenos que lo conforman cambian, y nuestras categorías intelectuales para comprenderlo, también. (Tristán e Isolda, en su delirio wagneriano, llegan a decir, cantando al unísono: “Yo soy el mundo”). También se dice que si no hubieran existido Tolstoi o Cervantes tampoco existirían Ana Karenina o Don Quijote, mientras que si Darwin no hubiera descubierto la teoría de la evolución, lo habría hecho otra persona. Pero este argumento no es del todo verdadero, y aquí es donde ciencia y arte coinciden más de lo que se cree, porque hay un cierto estilo común que corresponde a determinadas épocas y lugares. Si vemos los retratos de pintores italianos del siglo XVI encontraremos que tanto los rostros como los pliegues de los ropajes o el tratamiento de la perspectiva son muy parecidos. No todo es personal o subjetivo en la obra de arte, ni todo es objetivo en las investigaciones científicas. Newton fue quien descubrió la ley de la gravedad, y lo hizo él porque tenía un cierto estilo propio, un carácter singular. Si otro científico la hubiera desarrollado de hecho no sería igual, la habría establecido de otro modo. Según la mecánica cuántica, los fenómenos físicos pueden modificarse desde el momento en que los convertimos en objeto de estudio. Percibir transforma. Cuando Dante, en “La Divina Comedia”, se refiere al amor como una potencia que hace girar los astros, Borges pensaba que estábamos ante algo más que una licencia poética, porque la voluntad humana participa, en alguna medida, de los fenómenos naturales. Nietzsche propuso “considerar la ciencia desde la óptica del arte, y el arte desde la óptica de la vida”. La teoría del caos se aproxima mucho a este punto de vista: la ciencia tocada con las alas de la poesía, la incertidumbre y el misterio. Los cuentos y las fábulas ¿trenzan sus hilos argumentales con materiales equiparables a las teorías científicas? La ciencia, al igual que el arte, no se limita a copiar la naturaleza, sino que la reconstruye como hacen los niños con el mundo que los rodea. Tierra firme de la fantasía |
La regla de oro
Si Kant convierte un precepto religioso en un deber ético, su célebre imperativo categórico, apenas se limita a traducirlo a escala humana, demasiado humana para un filósofo como Nietzsche, quien directamente lo parte por la mitad, lo dinamita. Que no se hicieron las medias tintas para quien aspira a asaltar los cielos. Voilà: Confucionismo: “Lo que no desees para ti, no se lo hagas a otros.” Cristianismo: “Lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo a ellos.” Budismo: “Lo que no es adecuado para mí o no me es grato tampoco ha de serlo para él; lo que no es adecuado para mí o no me es grato, ¿cómo puedo exigírselo a otro?” Hinduismo: “Uno no debe comportarse con otros en una forma que hacia uno mismo es inadecuada: esta es la esencia de la moral.” Islamismo: “Ninguno de vosotros es un fiel si no desea a su hermano lo que desea para sí mismo.” Kant: “Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne en ley universal.” Nietzsche: “Pero la mayoría de las veces esto no es sino mero egoísmo; pues egoísmo es considerar el propio juicio como ley general, egoísmo ciego, mezquino y cobarde, por otra parte, puesto que revela que todavía no te has descubierto a ti mismo ni te has creado para tu uso particular un ideal propio, que a ti sólo pertenezca, pues semejante ideal no podría ser jamás de otro, ni mucho menos de todo el mundo” (La gaya ciencia, aforismo 335). El tiempo todo locura |
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